Sobre Marycarmen Egúsquiza

Master en Reiki y Rosacruz. Diseñó el Tratamiento Terapéutico Metafísico Bioenergètico y Reiki llamado “Cadmusk”, con el objetivo de lograr la armonía de los cuerpos físico, mental, energético y espiritual de la persona y guiar a ésta hacia el entendimiento real del poder de las creencias y pensamientos. Tras años de investigación, sus descubrimientos lograron mejorar dicho tratamiento sustancialmente.  Actualmente, alterna entre su carrera y la producción de obras de divulgación con el fin de compartir los resultados de sus gratas y trascendentales experiencias a toda persona que sueña con construir una vida mejor.


Conexión total 1

 Del Carmen Egúsquiza nos presenta una colección de trece relatos estupendamente narrados, cuyas historias se desarrollan como la vida misma, llenas de enseñanza, de misterio, de aprendizaje. Tal como indica el título de la colección, Conexión total 1 es un libro que no solo posee un rico valor literario, sino que además procura dejar una huella en quienes lo lean, pues la forma de narrar (coloquialismos precisos, ese lenguaje fresco y arrollador) así como los conceptos que están vertidos en ellos: reiki, energía, metafísica, bioenergética, calarán definitivamente en quienes se dejen llevar por la trama y el mensaje que Del Carmen nos entrega: que podemos lograr la superación si llegamos a conectar nuestro ser con la paz,  que mentalizando podemos cumplir nuestros sueños, ya que el bienestar empieza por cómo pensamos y enfocamos las cosas. Los conceptos de los ángeles, urdidos dentro de relatos como “¡Liberación, por favor!” o “Alli no hay letrero” responden a una necesidad de compartir de la escritora con su lector. Relatos sobrecogedores como “Llévame contigo” o “Abandono” nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de reforzar la autoestima para alcanzar nuestras metas y salvarnos de los abismos que nos coloca la vida en el camino.

Definitivamente, esta colección de relatos holísticos, será un regalo para el alma de quien lo lea, lo disfrute, lo comparta y practique, pues está diseñado para eso: para hacernos, con cada palabra y cada sentimiento, mejores personas y conectarnos con el amor universal, convirtiéndonos así en creadores en potencia.


El baile / cuento

El baile

 

     Tenía que salir temprano de la finca para llegar al Baile. Mis deseos de asistir eran muy fuertes porque allí me encontraría con Azucena, que ese día cumplía quince años.

     Mi madre me mandó ordenar la madera que había comprado para construir un cuarto especial para los cuyes: “No sales si no terminas”, me dijo. Yo me molesté porque eso lo podría haber hecho un peón –había tantos– y no necesariamente yo. Pero ella tenía esas ideas, creía que sería más hombre si hacía esas labores.

     Eran las seis de la tarde cuando terminé. Quedaba muy poco tiempo para bañarme y salir. El camino que tenía que recorrer para llegar al pueblo era largo y al pensar en el puente sentí mucho miedo. Le dije a mi madre que ya había terminado y me ordenó cargar varios sacos de coca y llevarlos al almacén, que estaba a una cuadra de la casa: “Terminas con eso y puedes ir a tu reunión”, me dijo. Yo estaba cansado y más molesto que antes, le pedí que lo hiciera Hilario, pero me respondió que si quería ir, tendría que hacerlo yo mismo.

     Cuando ella decía algo así tenía que ser. Salí tirando patadas a todo lo que se me cruzaba en el camino, a una silla, a Dandy –uno de nuestros perros–, a la puerta. Hilario, que estaba presente, me alcanzó y me dijo: “Niño, vaya a alistarse nomás, yo llevaré la coca al almacén”. No sabía si aceptar o no, pues si mi madre nos descubría, fijo nos castigaba a los dos; pero era tarde y mi Azucena me esperaba, así que acepté y le regalé cinco soles. Él se quedó muy contento y se fue silbando.

     Fui corriendo a bañarme. Mi ropa esperaba lista sobre la cama, y mis botas, bien lustradas, sobre la silla. Mi ama ya había alistado todo con tiempo, de eso nunca me preocupaba, esas cosas las tenían que hacer las mujeres.

     Esperé a que Hilario llegara a mi habitación, felizmente no demoró mucho. El cholo era más listo, había cogido una carretilla y había metido los sacos de tal forma que en dos viajes terminó todo. La verdad yo pensaba llevarlos uno por uno; bueno, él es más viejo, él sabe más.

     Fui a despedirme de mi madre. Ella me arregló el cuello de la camisa, quitó una pelusa del saco y me olió para verificar si me había echado la colonia que escogió. “Tienes permiso hasta las doce de la noche. Si quieres, puedes llevar a Hilario, él te puede esperar afuera cuidando el caballo”, me dijo. Yo la besé, la abracé fuertemente y le dije: “Por favor, quiero ir solo, ya tengo quince años”, ella aceptó. Sentía temor de que no aceptara y terminara enviándome con Hilario, con mi ama y no sé con cuántos sirvientes más. Felizmente eso no pasó.

     Una vez listo, cogí una potente linterna, monté a Caramelo y salí. Mi madre me hacía adiós con la mano a través de la gran ventana. Empecé a galopar. A cada paso me envolvía una terrible oscuridad. No había nadie por el camino y tuve que ir a paso lento. De repente la luz de la linterna iluminó la cara de una viejecita. Era tan vieja que que su piel, pegada a sus huesos, semejaban una pasa. Me sonrió, pero como el juego que hacen las sombras sobre uno es para huir, corrí creyendo haber visto a una bruja. Felizmente Caramelo sabía el camino de memoria.

     Casi llegando al pueblo un niñito de dos o tres años salió a darme el encuentro a mitad del puente. Yo sabía que a partir de las doce de la noche un niño se aparecía pidiendo que lo llevaran, pero cuando lo hacían se convertía en el diablo. Pero faltaba mucho para la medianoche. No le hice caso y salí disparado; él corrió tan rápido que me asusté. El miedo se apoderó de mí, helándome. Se me erizaron los vellos y el cosquilleo en la nuca fue tremendo. No sentía mis piernas. “Nunca tengas miedo, Eric. Cuando uno teme algo, lo atrae”, decía mi madre desde que papá murió. Quería tranquilizarme, hacer caso a lo que mi mamá me había enseñado pero no podía. El niño seguía tras de mí corriendo, y yo ya sentía una carga en mi espalda.

     Cuando estaba por entrar a una de las calles, vi a Azucena al otro extremo. Me llamaba: “¡Eric, Eric, ven acá!”. Le di alcance, desmonté y la abracé. Antes, ella había sido muy tímida, pero ese día se olvidó de eso. Me cogió la cabeza y me besó en la boca. Me emocioné tanto que se me erizaron los pelos y quise seguir junto a ella toda la noche.

     –Vamos a la casa de mi tía, ahí no hay nadie, todos están en la fiesta; he preparado algo muy rico –me dijo jalándome del brazo.

     Caramelo estaba muy inquieto. Traté de tranquilizarlo, lo amarré muy bien y entré a la casa.

     El lugar parecía iluminado por velas, pero sólo había una lámpara en el techo, como en cualquier casa. Todo estaba muy ordenado y limpio. “A mi madre le gustaría”, pensé. Todo parecía nuevo, reluciente.

     Azucena había preparado estofado de gallina. Sirvió y comimos. Tenía muchas pasas, estaba tan rico y medio dulce que repetí. Dijo que le había echado el vino Rosé que estábamos tomando, un vino que le habían enviado de Lima.

     Cuando terminamos de comer y beber de la botella, me abrazó y nuevamente me besó en la boca. Sentí tantas cosas juntas, no quería separarme de ella, nos besamos y nos abrazamos durante mucho tiempo. Sacó otro vino y lo terminamos rápidamente. Yo estaba muy caliente, hirviendo y medio mareado. Me quité el saco y ella me sacó la camisa y el bibidí. Azucena se quitó el vestido y nos pusimos a bailar riéndonos mucho. Luego nos echamos juntos sobre el sofá. Ella estaba sobre mí besándome todo el cuerpo y yo en las nubes, parecía que iba a reventar.

     A la una de la mañana Hilario me halló desnudo y botando espuma por la boca. Estaba en una casa abandonada hacía mucho tiempo. Dicen que el dueño había matado a su hija cuando la encontró con su enamorado, que el chico se volvió loco y se quemó vivo.

     Desperté a los tres días, mi madre estaba curando mis heridas (tenía casi todo el pecho quemado), pero eran quemaduras superficiales; me preguntó qué había sucedido. Yo le conté que había pasado la noche con Azucena y me dijo que eso era imposible, que ella estuvo esperándome en la fiesta y que si no hubiera sido por su llamada de las once, nunca me hubieran buscado.

 

 




Dejar un Comentario
* Nombre Completo :
* E-mail :
Website :
* Comentario :
   
    * Campos Requeridos

Enlaces Directos

Más Información

Búsqueda
Escribe las palabras claves

Palabra exactaFrase exacta
Boletines
Ingresa aqui tu e-mail y seleccione su lenguaje para recibir nuestros boletines
 
Ingreso
E-mail
Clave