Juan Manuel Chávez (Lima, 1976) Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y diplomado en Docencia en Educación Superior. Años atrás, cursó la carrera de Ingeniería Civil en la UNI. Actualmente sigue estudios de posgrado en Derechos humanos, Paz y Desarrollo sostenible en la Universidad de Valencia.
“Premio Copé” de Plata el año 2002, obtuvo también la Primera mención del Concurso Nacional de Novela “Federico Villarreal” con La derrota de Pallardelle (Fondo Editorial de la Universidad de San Marcos. Lima, 2004). Es autor del libro de cuentos Sonríen los desamparados (JC Sáez Editor. Santiago de Chile, 2006) y su última novela es Ahí va el señor G (Editorial Norma. Lima, 2009).
Mantuvo durante cuatro años la dirección del programa radial de arte y cultura La Divina Comedia. Además, ha dictado clases, talleres y conferencias en instituciones como la Universidad de Santiago de Chile, la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de la Sorbona de París, la Universidad de Burdeos, la Universidad de Urbino, la Scuola Holden de Escritores en Turín, Italia, entre otras.
Cumple funciones editoriales en Ediciones SM, es docente en la Universidad del Pacífico y su anterior publicación es La Guerra del Pacífico y la idea de nación (Casa del Libro Viejo. Librería–Editorial. Lima, 2010), un estudio de carácter interdisciplinario en torno al conflicto armado del siglo xix en América Latina.
Limanerías quedó finalista en la Primera Bienal Internacional “Premio Copé de Ensayo 2008”, además de haber obtenido otros galardones. Una parte de este libro se publicó originalmente bajo el nombre de Lima. Un camaleonte tra due specchi (Donzelli Editore. Roma, 2006. Texto preliminar de Mario Vargas Llosa).
“Estos ensayos, asediados por la narración, trazan audaces recorridos sobre la ciudad de Lima. Entre la razón y el corazón, destellos que iluminan la urbe que nos habita”. Marcel Velázquez Castro (Perú) / Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
“Limanerías es un libro de facetas múltiples, algunas contradictorias, pues está a caballo entre el amor a la ciudad y el dolor de sus desprestigios, una obra radicalmente madura que comparte el bisturí de Baltasar Gracián y la gracia de Ricardo Palma…”. Julio Calvo (España) / Academia Peruana de la Lengua.
“Notable el perfil que se dibuja de Lima en esbeltos capítulos […] que se apropian del ‘alma’ de la ciudad. Y de esta alma brota una mezcla secular de leyendas y realidades, de promesas y decepciones, de colores y perfumes”. Sandro Gerbi (Italia) / Il sole. Periódico italiano.
“Limanerías elude esquemas demasiado fáciles y trillados mediante una muy sabia mezcla de géneros: la del ensayo literario, el relato, el diario de costumbres, etc. A su vez, Limanerías nos muestra la historia y la realidad de Lima (y también del Perú) de un modo nuevo, rico y lleno de mitología, lleno de agudos análisis sociales y de pintorescas descripciones del pasado. Supone, en suma, una privilegia guía de la ciudad”. Manuel Borrás (España) / Editorial Pre-Textos.
“A diferencia de Venecia, Sevilla o Nueva York, Lima jamás se convertirá en una ciudad que trascienda a través del arte, la música o la literatura. Juan Manuel Chávez, joven y talentoso escritor, explora una vez más los rostros de Lima para corroborar que sigue tan horrible como la encontró Sebastián Salazar Bondy. Sin embargo, Limanerías es un ensayo ameno y lúcido que solo es posible escribir desde el más incondicional de los amores: el masoquista. Después de leer a Juan Manuel Chávez uno descubre que Valdelomar tenía razón: el Perú es Lima y Lima es el Jirón de La Unón”. Fernando Iwasaki (Perú)
En Lima, a los recogedores de basura se les llamó durante décadas “baja policía”, a las barriadas se les dio el nombre de “pueblos jóvenes” y nadie acostumbraba pedir un favor, sino un favorcito, entre gesto y sonrisa… sonrisita. Pero el cambio mayúsculo se dio cuando el hecho de pasarse la luz roja se convirtió en símbolo de arrojo y, pronto, de viveza, cotizando al sinvergüenza; mientras que esperar en un alto frente a una trasversal desierta en plena madrugada, libre de autos y peatones, resultó una exhibición sublime de cojudez. Porque en Lima, incluso ahora y a pesar de las mejoras en la civilidad o las exigencias en cuanto a multas y penalidades, sienta mejor burlar las colas ante algún trámite, librarse de cualquier sanción con remilgos o dinero bajo la mesa y tener un padrino siempre dispuesto a rescatarnos de variados aprietos, que actuar bajo el imperio de la legalidad; aunque ya no sea siquiera conducta de cojudos tanto respeto a la concordia social, sino la intolerable norma de vida del huevón.
El imaginario de la ciudad de Lima se esbozó con la tinta de sus escritores durante siglos; mientras que ahora depende de la imagen, que es una forma brutal de incitar la palabra: el mensaje del aspaviento. Si autores y pensadores como Caviedes y Palma, Salazar Bondy y Miro Quesada estructuraron en sus páginas disquisiones o diatribas que tenían a la capital del Perú como objeto de pasiones; hoy sobra el show televisivo y los titulares de los diarios amarillistas para explicar la realidad urbana.
Décadas atrás, cuando las muchachas se cuidaban de no exhibir en calles o plazas las partes más turgentes de sus cuerpos con prendas atrevidas, a pesar de que las modas foráneas dictaban mandar de paseo tanto recato; cuando a los relatores de noticias se les sancionaba por valerse de coloquialismos en sus lecturas diarias por la televisión; cuando se espantaba la Iglesia, siempre tan escandalizable, con nuevas propuestas musicales que hacían de las caderas y piernas instrumentos de seducción rítmica; acaso se pensó, se soñó, que llegarían épocas distintas. Y, por supuesto, Lima cambió, como el habla al multiplicar sus variantes, su ingenio; pero la apertura hacia la reflexión, heraldo del lenguaje, no se abrió a parejos caminos: se aferró al prejuicio, como sabe anclarse al fondo marino un tesoro que ya nadie busca.
Sobre la acera, dos niños son capaces de transformar el idioma. En el mercado, los caseros reavivan el habla con giros de aprecio, de complicidad. En los diccionarios, la lengua puede ser estanque en calma, contradicción para el usuario, muerte por inercia. Empero, las palabras son la concreción de las ideas, la exteriorización del pensamiento, por lo cual nacen con la acción, se engendran en las motivaciones y, así, la imagen se afana en estimularla.
El televisor es un miembro más de la familia en la ciudad de Lima, sobre todo si ha llegado al tamaño de la madurez: de veintisiete a cuarenta pulgadas. El aparato televisivo es cuidado con dedicación y puede ser compartido mientras no abandone la casa, su hogar. Niña de casi todos los ojos, la televisión nacional es un servicio que llega gratis como las enfermedades y las virtudes; por otro lado, la lectura nunca se ha constituido como un hábito capitalino, aunque ponerla en práctica no requiera de grandes inversiones; sin embargo, el consumo de noticias a través de las portadas de los diarios sí es un deporte masivo. En Lima pululan, alrededor de un puesto de periódicos (que los hay en cada esquina, muy estratégicos, muy desprendidos, muy visionarios), pequeños y jóvenes, adultos, ancianos, empleados, obreros, estudiantes, enterándose entre fotos y titulares del último suceso de sangre, del muerto fresco, de la calata ricotona, del obispo torcido o del crecimiento de juguete de la economía nacional. No suelen intercambiarse comentarios al aprovechar la información gratuita, comparten la sonrisa del regodeo y del estupor, a una vez.
La imagen entrega información ya delimitada, lo que conduce a la imaginación. La imagen apela al asombro y a la fascinación, apostando por el impacto. Así, la palabra nueva estremece como una colisión, y puede ser bofetada o, acaso, desdén. No obstante, hay costumbres que no varían, que permanecen, como es el caso del trato cariñoso entre familiares o la dulzura verbal entre enamorados… Estos perduran, acaso, porque la fraternidad y el amor solamente saben expresarse con el adorno caprichoso del diminutivo y el ridículo ornamento de la metáfora.
Pero andar por la acera entre gente lenta ya no conlleva un “poquito” de retraso, como tampoco se le llama “golpecito” al choque entre dos combis (camionetas rurales para servicio urbano, según la terminología edil), las que siguen arrasando en diagonal las calles, disputándose pasajeros. Será que alguna forma de sinceridad, la descarnada, ya urgía en las gargantas limeñas y, por tanto, el diminutivo, junto con el eufemismo, está marchándose a morar en pastos más verdes.

