Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, Colombia, 1974) es autor de la novela breve "Te recordé ayer Raquel" (2004). En el 2006 ganó el Concurso Nacional de Cuento de la revista Libros y Letras con "Una tarde en París". En el 2007 obtuvo el primer lugar en el Premio Literario Fundación Gilberto Alzate Avendaño con el cuento "Pierna obstinada".
Cuentos suyos han sido traducidos al árabe y al italiano. En el 2008 su cuento "Carolina ya no aguanta más" obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Cuento de los Premios de Literatura TEUC 2008. Incluido en la antología de cuento colombiano "El corazón habitado" (Editorial Algaida, España, 2010). En 2010 su libro de cuentos "Desasosiegos menores" ganó la VI edición del Concurso Nacional de Libro de Cuentos UIS 2010 y fue incluido en Colombia en la colección "Voces del Fuego: Testigos del Bicentenario), de la editorial Pluma de Mompox, bajo el título "Hombres sin epitafio". Textos suyos han aparecido en revistas tales como El malpensante (Colombia), Revista Número (Colombia), Río Grande (Estados Unidos), Homines (España), Casa de América (España), Letralia (Venezela), Revista Opción (México), Revista el Grifo (Chile) y Los Noveles (México).
"Desasosiegos menores" es la última entrega del escritor colombiano Andrés Mauricio Muñoz, libro con el que ganó la VI edición del Concurso nacional de Libro de Cuentos UIS 2010 y que fue incluido en la colección de narrativa "Voces del Fuego: Testigos del Bicentenario".
Narrados con la destreza y el talento que lo confirman como una de las voces más importantes de la reciente narrativa colombiana, Andrés Mauricio Muñoz nos entrega una colección de cuentos que pasan de lo real inmediato al universo 2.0, de los programas de televisión al laberinto de los espejos, de un partido de fútbol a la Torre Eiffel, de cada una de sus historias a nuestros referentes más inmediatos. Porque en cada historia nos podremos encontrar con nosotros mismos.
Miguel se despierta un poco sobresaltado por un sueño que, con ligeras variaciones, le ha inquietado al dormir últimamente. Se sienta en el borde de la cama. Frota sus ojos. Busca a tientas las pantuflas con su pie izquierdo. Se ducha. Recuerda. Piensa. Llora. Se viste. Toma un vaso de leche con una rebanada de pan y sale de su apartamento. Echa llave. En menos de un minuto ya está en la séptima, recuerda que aquello fue lo que le atrajo a Marta de vivir ahí: «Mira lo bien ubicado que está, sesenta metros, dos cuartos, parqueadero; la séptima a un pasito». Espera el bus directo carrera séptima que lo lleve a cedritos a dictar su clase de francés. No es el codo de la mujer que cada vez lo hunde más en su clavícula ni las sacudidas que produce un pie insistente sobre un freno lo que lo despiertan; es el sonsonete de un niño que le dice que puede llevar dos galleticas por quinientos pesos o tres en seiscientos para su mayor economía. Está seguro, no lo está imaginando, es inconfundible; es la misma voz del niño que vive en París con Marta, el hermanito del que ella cuida. Son muchas coincidencias y no cree, como dice el psicólogo, que su mente se haya dedicado obsesivamente a construirlas. La mujer que le abre la puerta, quizá la madre de su nueva alumna, lo confunde aún más; tiene, es evidente, la misma nariz angulosa de Marta y lo mira igual que ella el día que se conocieron. Mientras la niña lo mira fijamente y le vocaliza algo que él le ha pedido que pronuncie, se pregunta el significado de aquel sueño; trata de entender si será por eso que la ciudad se le parece cada vez más a París y la gente a un parisino. Durante tres años su mente ha construido un París a base de fotografías. No hay mejor lente que las fotos y la descripción rigurosa que Marta le hace por carta cada quince días. Miguel decide regresar en metro y camina hasta la estación de la ciento cuarenta. Una joven, que camina presurosa huyéndole al aguacero, le contesta efusiva su saludo con un perfecto «Bon Jour Monsieur». Miguel consigue asiento y mira, estación a estación, que finalmente está en París y que pronto llegará a su apartamento y Marta le tendrá un cafecito. Mira por la ventana la ciudad y sonríe, qué paisaje tan hermoso. Sin embargo, igual que alguien que se ahoga y que con desesperados manotazos logra sacar la cara para respirar, Miguel tiene destellos que le dicen que ha enloquecido. Baja en la estación de la sesenta y tres, falta poco; camina y se detiene a contemplar la plaza de Lourdes, observa los niños jugando con la nieve; atraviesa la «septième avenue» y llega ansioso al apartamento. Golpea insistente y espera con las manos en los bolsillos; como Marta no abre, busca la llave.

