Mauricio Rozas Valz (Arequipa, 1966). Estudió Administración de Empresas en la Universidad Católica de Santa María y se especializó en el rubro del pael y la industria gráfica. Su padre fue un intelectual muy reconocido en Arequipa que ejerció la docencia en la facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de San Agustín. Este es su primer libro.
Mauricio Rozas Valz ha volcado en este libro su universo personal, lleno de aquella experiencia que, como aconsejaba Voltaire, debe tener todo buen testigo de su tiempo: una desarrollada capacidad de observación. Y es que en cada uno de sus relatos encontramos escenas de la vida cotidiana que pasamos por alto por creerlas triviales, desconociendo que cada una está protagonizada por una persona y que cada persona es un mundo, con su universo particular, con sus virtudes y defectos, y que todos cargamos, en diferentes intensidades, con nuestros demonios personales.
Nunca a tiempo es, además, un título acertado, pues plantea que nada está dicho, que todo final siempre es un buen comienzo, y que es el amor lo que importa y no, lo que dice la gente. Como dice la canción.
Me encontraba en altamar, solo, en un bote. No me pregunten cómo es que fui a parar allí, ni yo mismo lo sé. Sólo sé que me encontraba allí, sin norte y sin puntos de referencia. Serían las cinco de la tarde y estábamos en plena canícula. Vestía un impecable terno azul y llevaba un par de zapatos negros relucientes. El calor era insoportable, llevaba el saco en el brazo y aflojada la corbata.
Extrañamente no me asustaba la situación. Tenía la sensación de haber estado en similares situaciones antes, o quizás las había soñado. Lo concreto es que, contrario a lo que se pudiera pensar, experimentaba una sensación de infinita paz. Sabía en el fondo que todo eso tendría un final. No sabía si llegaría a tierra, si alguien me rescataría o si simplemente moriría ahogado o por inanición, pero me daba exactamente lo mismo.
Los minutos transcurrían y empezaba a oscurecer. De pronto empezó a timbrar mi celular. En la pantalla aparecía el número de mamá. Contesté presuroso. Sólo se escuchaban algunos sollozos entrecortados y por más que levantaba la voz, ella parecía no escucharme, hasta que finalmente se cortaba la comunicación. Pasaron varios minutos y nuevamente empezó a sonar el celular. Esta vez era el número de mi oficina, la voz al otro lado era la de mi empleador, que gritaba furibundo reclamándome el pago de una deuda que, hasta donde yo sabía, todavía no había vencido. Él tampoco lograba escucharme. Minutos después nuevamente sonó el celular. Esta vez era el número de ella. Contesté, pero solo escuchaba su típica carcajada sarcástica con la que siempre celebraba mis derrotas. Ella tampoco lograba escucharme.
Luego no sonó mas, se hizo de noche y no podía dormir por el frío. Al día siguiente mi cuerpo estaba un poco hinchado. Ya no soportaba el reloj, la correa ni los zapatos. Me los quité y sentí cierto alivio. Extrañamente, no sentía sed ni hambre. Fueron pasando los días y yo seguía sin esperar nada. Nada me llamaba la atención.
Poco a poco mi piel fue tomando un color que variaba entre morado y rojo oscuro. También empecé a despedir un olor nauseabundo y algunos pedazos de carne empezaron a desprenderse. Me asomé al borde del bote para ver mi rostro reflejado en el agua. Me veía algo delgado, pero mi sonrisa estaba como congelada. No podía cambiar de gesto, era una sonrisa permanente.
Me senté tranquilo. Hacía ya algunos días había dejado de esperar algo. Total, llevaba una imborrable sonrisa, y era lo que siempre había soñado.