Sobre el autor

Verónica Chú Saavedra (Lima, 1972). Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Federico Villareal. En el ámbito profesional se ha desempeñado como periodista y correctora de estilo, así como Jefe de Redacción de la revista Shopper´s Club y editora de la publicación oficial del Club de Regatas Lima,


Los hijos de Eva / Novela

Ambientada en la guerra de Irak de 2003, Los hijos de Eva articula hechos reales que conmovieron al mundo -como el saqueo al Museo Nacional de Irak, el incendio de la Biblioteca, las consecuencias de la utilización de armas químicas o la muerte de periodistas bajo el "fuego protector" -con la historia de dos periodistas latinos que son secuestrados y cuya vida en el frente trastoca por completo su forma de ver la vida, su condición "humana".
Narrada con un lenguaje claro y dinámico, esta historia resulta tan terrible como conmovedora; por ello es que esta novela se convierte en el referente inmediato de una época terrible en la que el ser humano lucha por encontrarse a sí mismo a pesar de sus creencias y religiones, en tiempos donde la fe no se pierde a pesar del fragor de la batalla.
Los hijos de Eva dejará más de una huella entre sus lectores: ha sido escrita para habitar y sacudir nuestros temores más humanos, y eso es algo que solo logran las grandes novelas.


Los hijos de Eva (Fragmento)

Unidos sobre la arena

Su cuerpo se desplomó sobre la arena levantando polvo. Aún tenía los ojos abiertos. El tercer golpe que recibió Micaela Daccar fue fulminante. No sé cómo soportó los otros dos sin hacer un mínimo gesto de dolor. El uniformado le había ordenado que volviera a subir las manos y las colocara detrás de la cabeza pero ella no hizo caso. Los arrodillados que compartíamos este amargo trance sabíamos que eran nuestros últimos instantes con vida y me pareció sumamente extraño que Micaela, arrodillada a mi izquierda, desobedeciera la última orden que le increpaban so pena de recibir más golpes.
La miraba por el rabillo del ojo, bastante asustado, horrorizado, ya que había sido víctima de un interrogatorio inhumano en el que sumergían mi cabeza en una poza con aguas servidas y no la sacaban hasta que me veían desfallecer, desfallecimiento que me quitaban a punta de patadas. Hincados, indefensos, podíamos ser víctimas de cualquier otra atrocidad además de la que ya estábamos sufriendo.
Micaela había bajado las manos hacía unos instantes dirigiéndolas a los bolsillos del chaleco que decía “Prensa” en la parte posterior. Todo el trayecto, desde que bajamos de la camioneta hasta que llegamos a la pared donde nos iban a acribillar, caminé detrás de ella mirando las letras de su chaleco. El uniformado que lideraba al grupo terrorista, paramilitar, de insurgencia o lo que fuera, autor de nuestro secuestro se acercó furioso y con la culata del rifle le propinó tres golpes, el último le reventó el cráneo. La sangre llegó a salpicarnos a los que estábamos a su lado, en el rostro y en la ropa. Ella cayó bruscamente. Su rostro que segundos antes, lo había observado cansado pero tranquilo, sudoroso pero resplandeciente, enterrado, hinchado y sucio, pero igual de bello como aquella mañana cuando la vi por primera vez en el curso de supervivencia dirigido a corresponsales de guerra, cayó en la arena. Micaela aún tenía los ojos abiertos. De sus manos saltó un objeto relativamente pequeño que apareció a escasos centímetros junto a su cuerpo, hacia su lado derecho. Pensé que en ese preciso momento comenzarían a dispararnos.
El miedo a la muerte, a lo desconocido, comenzó a apoderarse de mí, creciendo aceleradamente hasta el punto de causarme dolor. Mi cuerpo en pleno comenzó a temblar; mi respiración, que había estado calmada a pesar de la larga caminata, el calor y el cansancio, se aceleró, recién ahora la sentía; sentía todas mis células moviéndose con hálito de vida, brincando en nefasta euforia, como si cada una de ellas también supiera que eran sus últimos instantes. Mi nerviosismo se hacía más intenso, mis poros se abrieron aún más estimulados por el incontenible sudor que comenzó a brotar con mayor afluencia; mi ropa comenzó a empaparse... Me sentía completamente raro, incapaz de controlarme.
De camino a la pared venía diciéndome que una bala sería mejor que morir ahogado en aguas plagadas de materia fecal y orines. Una bala y punto. Dolor y humillación acallados. Cerré los ojos con todas mis fuerzas, frente a la triste expectativa de escuchar el sonido de la muerte reprimido en aquellos rifles, disparado por los uniformados ejecutando la orden de ¡fuego!

 

 

 




Comentarios :  Agregar comentario


Javier Vargas    Agosto 1, 2012, 2:14 pm
La mejor novela de autor nacional que he leído en los últimos tiempos. Llena de emoción desde la primera página hasta la última. Muchos temas en ciernes. Bastante informativa. Simplemente EXCELENTE y FELICITACIONES a Casatomada por el buen catálogo de temas y autores. Espero encontrarlo en la feria para comprar un par de ejemplares.


Alice    Mayo 5, 2011, 5:12 pm
Genial. Estupendo. Lleno de emoción. Si me encuentro esté libro en alguna Feria del Libro o alguna librería, lo adquiero de inmediato.


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